Reflexiones Diario Vida

Aún hay una sonrisa

15 de abril de 2026

El mundo se mueve rápido, casi demasiado rápido como para prestarnos atención los unos a los otros. Caminamos mirando el asfalto, sumergidos en nuestras propias pantallas, atrapados dentro del eco de nuestros propios problemas.

En días especialmente grises, la sensación de ser completamente invisible puede resultar abrumadora. La rutina pesa como concreto sobre los hombros, y la inercia parece ser el único motor que nos impulsa a dar el siguiente paso.

Es delicado y a la vez violento. Un gesto mínimo. Pasa en una fracción de segundo.

Tengo miedo constante. Miedo a no darme cuenta de esos microgestos fugaces. ¿Y si no los viera? Seguramente nunca me habría dado cuenta de todo lo que estaba a punto de perder en ese descuido.

El sol quema en la espalda, los ruidos de la ciudad abruman. Las horas pasan y pesan en la mirada. Todos en la calle parecen sentir lo mismo, sus sonidos se hunden y se vuelven puros gritos vacíos. Sientes que no puede ser peor.

—Y sonríe de nuevo.

La cara de idiota se dibuja en mi rostro. Algunos voltean a verme en el café, fríamente. ¿Les importa? ¿Tanto es así? O, al contrario, ¿será que sus problemas son más grandes que las personas que les rodean?

Me niego a pensar que son conscientes de sus acciones. Sé bien que pelean por cosas que ni siquiera son suyas. Solo para regalarlas o para disfrutarlas en su egoísmo; para que un fin de semana, rodeados de gente que ni siquiera estiman, puedan sentarse a tomar un café y alzar la voz sobre lo mucho que valen, sobre cómo nunca pierden.

Y en ese preciso momento los veo. Veo a sus hijos atónitos frente a sus celulares, aislados de la conversación. En el mundo de ellos no existen los primeros puestos de los que alardean los grandes. No existe la agobiante y sofocadora mirada de sus padres. Pero entonces, levantan la vista. Un gesto mínimo, pasa en una fracción de segundo… y sus ojos vacíos hablan lo que no pueden decir en voz alta:

«Prefiero este silencio aturdidor a escucharte hablar de cómo NUNCA PIERDES.»

Ahí lo noto. La cara de idiota sigue dibujada en mi rostro y sí, es obvio que voltean a verme. Pero ellos no lo entienden. Mi expresión no es de burla ni enojo; es la cara del idiota que ya perdió, en este mundo de primeros puestos. Perdí frente a la sonrisa de mi hija.

Me miran porque esa mueca me contagia. Me hace sonreír, me hace reír a carcajadas ahogadas en el pecho. Me hace sentir que, después de todo, no todo está perdido. Verla sonreír… ese gesto mínimo, eso que pasa en una fracción de segundo, es ella tomando la consciente decisión de —entre todo ese murmullo— mirarme única y exclusivamente a mí para sonreírme.

Lo hace justo cuando yo sé muy bien que fracaso. Cuando me caigo a pedazos. Cuando sé que muchas veces no soy suficiente, cuando tengo un miedo que me paraliza, cuando las cosas duelen más de lo debido. Lo hace cuando sé que fallo mil veces, que no soy lo que yo esperaba, que no soy lo que quise ser, que no soy lo que debería ser, que no soy lo que todos querían que fuera. Cuando sé que soy enojón, que me molesto fácil. Cuando también aguanto cosas que no debería aguantar de más, cuando extraño cosas imposibles y duele el pecho nuevamente. Cuando a veces soy egoísta y decido encerrarme solo, porque el eco constante me repite a gritos en la cabeza:

  • Que no soy suficiente, que no soy suficiente, que no soy suficiente, que no soy suficiente, que no soy suficiente, que no soy suficiente, que no soy suficiente, que no soy suficiente, que no soy suficiente, que no soy suficiente, que no soy suficiente.

Todo ese ruido. Toda esa marea de repeticiones sordas…

—Y sonríe de nuevo.

No soy nada de lo que pienso, soy todo lo que ella espera.